jueves, 1 de noviembre de 2018

Ser escritor.


   Comienzo mi primera entrada en este blog, y por dicha razón pretendo empezar desde el principio.
   
   Soy escritor.

   ¿Escritor? – os preguntaréis - ¿Quién puede o debe considerarse escritor? ¿Aquél que es reconocido y refutado en dicho arte? ¿Aquél que vive de la escritura?

   Podría pensarse que escritor es toda persona que escribe de forma regular, independientemente de que sus creaciones sean o no leídas, remuneradas o reconocidas. A mi entender, escritor es toda persona que disfruta jugando con las palabras y las ordena de tal forma que crea con ellas historias capaces de ilusionar, emocionar o dotar de algún sentimiento a alguien. Porque un escritor sin lector es una acción inacabada; un invierno sin frío o un verano sin sol. El fin último de todo lo escrito es ser leído. Yo siempre digo que el autor solo hace la mitad del trabajo, mientras que la otra mitad debe ser completada por quien lee la obra.

  La remuneración y el reconocimiento añaden consistencia al término, pero nunca pueden considerarse como una cualidad indispensable.

    Por todo lo anterior, me considero escritor.
   
   Comencé en este mundo atraído por la lectura, pues todo aquél que pretenda hacer bien las cosas deberá ser monaguillo antes que fraile. Desde joven, devoré los libros que años después fueron la base del estilo de mi escritura. Un estilo que, como nos sucede a todos, es peculiar y único, como lo es nuestra huella dactilar, y que continuará perfeccionándose hasta el texto final, porque nunca acabamos de aprender del todo.

   Una vez me preguntaron que era más determinante en un escritor: la calidad de su escritura o la de su imaginación. Entiendo que, como todo en la vida, la virtud se encuentra en el término medio. Pero si tuviera que elegir entre una de las dos cualidades, mi preferida sería siempre la imaginación. Se puede poseer una calidad literaria excepcional y ser incapaz de hilvanar una historia que emocione o cautive al lector – soy testigo de ello -. Libros con unos recursos lingüísticos y literarios fabulosos se convierten en un tostón que terminamos a duras penas y sufriendo; si es que al final conseguimos acabarlos. Sin embargo, una buena historia conseguirá atraparnos desde el inicio independientemente de la calidad con la que sea contada. El lenguaje más simple puede engancharnos si la idea es buena.

   A través de las siguientes entradas, comentaré, poco a poco, las vicisitudes padecidas hasta que conseguí publicar. Editoriales, agencias, auto-publicación… Todo un mundo lleno de sorpresas y caminos oscuros por los que todo escritor novel debe transitar hasta conseguir asentarse.

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