Continuando con
la entrada anterior, y partiendo de la premisa de que todo escritor o
escritora, para ser considerado como tal, debería tener a disposición de los
lectores sus obras, la gran mayoría comenzamos una dura carrera de fondo cuyo primer
objetivo es intentar que una editorial se fije en nosotros y publique nuestra
obra. En dicha empresa malgastamos nuestras energías y nuestro tiempo; primer
error del que yo tampoco fui ajeno.
Dicen que la base de la sabiduría es la
experiencia, y la experiencia no es sino una fórmula que mide los aciertos y
los fallos en una determinada unidad de tiempo; una vida para ser más exactos.
Tras muchos golpes aprendemos lo que tenemos hacer o por dónde debemos caminar.
La pena es que mientras aprendemos a no equivocarnos perdemos también un tiempo
demasiado valioso.
Yo cometí el
error en el que cayeron y volverán a caer muchos otros. Dediqué todas mis
energías a llamar la atención de alguna editorial que quisiera publicar mi
primer libro. Para dicho fin, y tras hacerme con decenas y decenas de correos
electrónicos, envié una ingente batería de emails; algunos con el texto al
completo, otros con sinopsis y algún capítulo suelto. Alguien se interesaría
por mi novela – pensé mientras esperaba una respuesta. Todos pensamos que
nuestro libro es único, excelente e irrepetible; yo también caí en ese tipo de soberbia
que, sin ser mala del todo, nos impide progresar. Los días se sucedieron y, al
cabo de algunas semanas, tan solo unas pocas respuestas lograron regresar de la
batalla; las noticias que portaban no eran positivas.
El primer
baño de realidad siempre es duro, pero también resulta imprescindible para seguir
creciendo. Muchos se rindieron aquí, pero solo el que resiste logrará llegar hasta
el final.
Con el
tiempo llegué a entender que el mundo editorial es una férrea muralla a cuyo
interior solo puede accederse a través de una puerta muy pequeñita; todos no
cabemos a la vez. Puedes perder el tiempo en intentar entrar por ahí o puedes
buscar otros caminos; en tu mano está la decisión. Bueno, se me olvidaba,
también existe un acceso VIP, reservado para aquellos que puedan acreditar
poseer un número elevado de seguidores dispuestos a comprar su libro y, por
ende, a generar ingresos. Por este último acceso no se exige que seas tú el que
has escrito el texto, simplemente se conforman con que figures como el autor. Y
es que, al fin y al cabo, una editorial no deja de ser una empresa con unos
socios y accionistas que demandarán obtener unos determinados beneficios a final
de cada ejercicio. Siendo empáticos, si estuviéramos al frente de alguna de
ellas, probablemente actuaríamos de igual forma. Apostar por un escritor novel
es un riesgo que muy pocos están dispuestos a asumir.
En España durante
el año 2016 se editaron más de 224 millones de ejemplares de 86.000 títulos distintos;
el 40% fueron devueltos a las editoriales. Es decir, de cada 100 libros
impresos, se venden un poco más de la mitad. Parte de los no vendidos acabarán
en mercadillos ambulantes a no más de 5 euros, mucho menos de lo que costó
producirlos. El resto seguramente acabarán sacrificados. Con estos números, es
normal que nadie se la juegue.
Malgastado
el tiempo, comprendí que existen otros medios mucho más efectivos para
conseguir el objetivo de conseguir vender miles de libros y llegar a los
lectores. Más adelante hablaré de mi experiencia en Amazon (aún hoy en día me
lamento por no haberlo descubierto antes). No obstante, y antes de conseguir
que la gran plataforma de comercio digital me ofreciera la oportunidad que
siempre había deseado, la travesía por el desierto me ofreció otras lecciones
de las que trataré de hablar en otras entradas. Editoriales de auto-publicación,
agentes, concursos…
Una vez leí
una cita que, si no recuerdo mal, venía a decir “Antes de pretender publicar un
libro intenta ser famoso”.
Nos leemos
en la próxima.
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