Buscando y buscando,
probando y probando, llegué a la tierra de la autoedición. Aquella es una comarca
en la que abundan las alabanzas y las lisonjas, por lo que os sentiréis merecedores
del Nobel de Literatura, y correréis el riesgo de caer en la autocomplacencia –
clara enemiga de la humildad y el trabajo duro que requiere todo escritor -.
También he de advertiros de que vuestro bolsillo correrá peligro.
Tras una
pequeña criba, llamé a la puerta de una las muchas editoriales que encontré por
el camino, aunque no diré cual, pues todo caballero anuncia el pecado pero se
reserva al pecador. Allí me atendieron bien desde el primer minuto; todo he de
decirlo. Me pidieron la novela, pasaron unas semanas y, un buen día, recibí una
carta en la que junto a la aceptación de la publicación me ofrecían una
valoración detallada que aún hoy día conservo, y que consiguió hacerme engordar
varios kilos de repente. Pensé que aquello no podía ser cierto y por más que me
pellizqué, no conseguía despertar del sueño. No hasta que me hicieron llegar
las condiciones de publicación. Fue en ese instante cuando, por fortuna, fui
capaz de verlo claro y desistí.
El negocio
consistía en que yo pagaba los costes de edición de una ingente cantidad de
libros por una cantidad de euros mucho más ingente aún. A cambio, ellos me
preparaban una presentación en mi ciudad y lanzaban los libros a la distribuidora
con la que trabajaban. Por cada libro vendido yo me llevaba un porcentaje
elevado, faltaría más. Los libros que no se vendieran pasarían a mí poder para
intentar colocarlos yo; es decir, además de escritor, tendría que ser librero.
No creo que
sea la fórmula más recomendable, aunque es posible que a alguno le haya ido
bien. Aun siendo capaz de venderlos todos y después de un trabajo costoso y
algún que otro compromiso, no consigues llegar a más de 500 lectores (creo recordar
que era el lote de edición que me ofrecían). Yo, por ejemplo, durante noviembre
de 2018 vendí más de 1000 libros en Amazon con “Bajo la Catedral”, a parte de
otros miles de lectores que se descargaron el libro con el programa KDP durante
ese mes; el coste fue cero.
Por aquel
entonces, recuerdo que leí comentarios de decenas de personas que habían
apostado por la autoedición, y acababan encontrándose con cajas y cajas
repletas de libros en sus casas sin saber qué hacer con ellas.
Para terminar,
comentar que existe un “híbrido” llamado Coedición, donde los costes son
compartidos entre la editorial y el autor. Esto ya suena un poco mejor, pues si
el empresario tiene algo que jugarse pondrá los medios necesarios para intentar
resarcirse. No obstante, siempre hay que leer muy bien la letra pequeña.
Mi consejo es la
autoedición pero sin que ello te cueste un euro, salvo aspectos imprescindibles
como la corrección del libro por profesionales o la edición de la portada para
los más sibaritas. Existen multitud de opciones, y entre ellas no hay otra por
ahora como Amazon, aunque en otra entrada hablaré sobre mi experiencia con la
mayor librería del mundo (o eso creo).
Tropecé en muchos
otros agujeros de este complicado mundo de la escritura, pero por fortuna fui
capaz de sortear el de la autoedición.